4 DE JAMES MERRILL



sandy skoglund






















El vaso roto

Decir que alguna vez contuvo margaritas y campánulas
               Es ignorar, si no otra cosa,
     Su indeleble resplandor que, estrellado contra el piso,
     Yace en añicos, como si acogiera la luz,
     De verdes hojas orladas, su resplandor siempre deshecho,
     Su vidriada integridad esparcida en todas partes;
               Espectros, liberados hablarán
     De un florecer más frío donde roto quedó el frío cristal.

Astillas se desplomaron de la plenitud al caos
               Aun así retiene cada arista
     La nota opalina de la imperfección
     Cuyos rayos, aunque en desorden, emitirán
     Más de una red de ángulos de luz
     Cuando al anochecer apunten hacia intactas direcciones
               Y tracen en la estancia
     Las posibilidades del fuego y su aceptación.

Las generosas curvas de vidriado artificio
               Dan fe de su pureza
     En unidades lúcidas. Libre de éstas,
     Como el amor triunfa sobre la irrelevancia
     Y construye armonía en disonancias
     Y de algún modo vive entre nosotros roto, como si
               El tiempo fuera un vaso roto
     Y nuestra última alegría asumir que no se puede remediar.

Las astillas, iridiscente ruina en el suelo,
               Cortan estructuras en el aire,
     Delimitan, ojos o brújulas, un rostro
     De matemática fijeza, reflector
     Bajo cuyos límites podemos acomodar
     Todas las soledades del amor, espacio para el rostro del amor,
               Los proyectos del amor verdes de hojas,
     Los monumentos del amor como lápidas en nuestras vidas.




Este poema forma parte del libro La escuela de Wallace Stevens: Una antología de la poesía estadounidense contemporánea, con textos introductorios de Harold Bloom,  y la selección y traducción de los poemas por Jeannette L. Clariond. Fue publicado en Letras Libres.



El kimono

Al regresar del callejón de los amantes
mi cabello estaba blanco como la nieve.
Alegría, incomprensión, dolor
habían pasado por mi vida como las estaciones.
De cómo llegué a casa
medio muerto y helado, tal vez lo sepas.

Ocultas una sonrisa y citas un texto:
Los deseos insatisfechos
persisten de una vida a la siguiente.
Hace tiempo nos apartamos de los hogares
que nos acogieron, hace tiempo eran marcas
sobre un plano de “orgullo abrasador”.

Tiempo sin cordura, el brillo de la burbuja
sobre el nivel carbonizado anuncia
la vuelta de abril. Un fulgor repentino…
Sigue hablando mientras me convierto en
el diseño de un arroyo
bordeado por juncos blancos sobre azul.



Traducción de Jeannette L. Clariond



 
sandy skoglund




















El rompecabezas no es un enigma

Una mesa de juego en la biblioteca está lista
para recibir el rompecabezas que se mantiene sin llegar nunca.
Brilla la luz del día o la luz de la lámpara
Llena de insatisfacción, la vida continúa.
Espejismo surgido de las arenas que gotean en el tiempo
O han caído poco a poco en su lugar
Lección de alemán, picnic, subibaja, caminar
Con el collie que hizo de todo menos hablar
Ganancias inesperadas agrias de la huerta de atrás
Un verano sin padres es el rompecabezas
O debería serlo. Pero el chico, día tras día,
Escribe en su línea del día Ningún enigma.

Cuando el rompecabezas finalmente llega, después de días de espera, se describe en detalle:
Inesperadamente, como prometí, de una
Tienda de rompecabezas de alquiler de Nueva York llega el rompecabezas.
Uno superior, conteniendo un millar de aserradas
Piezas de aroma de sándalo, muchas toman
Formas conocidas ya, el repertorio del artesano,
Agradable en su limitación, de otros rompecabezas
Bruja en el palo de escoba, avestruz, reloj de arena.
Incluso (no es cierto que solo en retrospectiva)
Una idea, una palma inocentemente ramificada.




La cura de uvas

Durante dos días aliméntate de agua. La tercera mañana
Bebe agua, y unos veinte minutos después
Come tus primeras uvas. En tantas semanas como necesites
Estarás curado. Lo que ocurre, simplemente,
Es que te purgas, y la inanición, no tuya sino de lo que
Se nutre de ti, cuelga de tu corazón como un cangrejo.

Los primeros días tienen cierto sabor: en una copa de huesos,
Miel silvestre, langostas, el almuerzo del grácil ermitaño,
Y porrones enfriándose entre paredes; el verbo
De Haendel en un estrellado desván haciendo sonar
La pregunta acerca de cuánto necesita uno,
Lo cual es una gran travesura para un hombre solemne.

Y el rubicundo coloso que te había custodiado
Se mueve hasta una columna sobre esas serpenteantes arenas
Donde su ausencia planta el esplendor arrancado
A ese lugar por tardíos visitantes. Y sólo entonces, perdida
Con la última ilusión de que cualquier cosa importa
Como una moneda falsa, sobrevienen tales languideces.

Que tironeado simultáneamente en dos sentidos por la distante estrella
Llamada Plenitud y el mondo planeta Menguante,
Tu cuerpo aprende cómo está encadenado al miedo.
Aprendes que necesitas una sola cosa que, comprimida
Contra tu paladar, todavía no es deleite, ni siquiera
La esperanza de eso. Tu cuerpo como una costa
Al anochecer, en cuyos malsanos bajíos, negros y mendigos
Vagando con sus guaridas a cuestas,
Arden como las ciudades de la antigüedad sorprendidas
Por una vez sin la pátina del tiempo;
Y en la marea alta, si bien atractivas, sospechosas aún,
Aduladas, pero (aunque sospechosas) apreciadas

Por temor de que todo fracase, de que cuando Handel cese
Las atentas bestias no se hayan apaciguado,
O de que, mañana por la mañana, cuando el sol
Cruce de un tranco las viñas, un hombre enfermo pretenda
De algún modo que de ese aire criselefantino
El oro no pueda ser compasión, ni el marfil caridad.


Publicado en: William Shand y Alberto Girri, Poesía norteamericana contemporánea, Distribuidora Mexicana de Libros, Ciudad de México, 1976